UN CORAZÓN DE NADIE (FERNANDO PESSOA)

"Cada día sin gozo no fue tuyo: fue sólo durar en él. Cuanto vivas sin gozarlo, no vives.

No pesa que ames, bebas o sonrías: basta el reflejo del sol ido en el agua de un charco, si te es grato.

¡Feliz quien por tener en cosas mínimas su placer puesto, ningún día niega la natural ventura"

lunes 23 de noviembre de 2009

Diatribas Escritas sobre el Periodismo Narrativo
Vol. 1

El periodismo narrativo es una quijotada hermosa, una mezcla indefinible de literatura e información, una adivinanza que todavía nadie se atreve a responder del todo y que bien puede ser un número ocho, un triángulo, la locura o un perro.

Aquí en Medellín tenemos la fortuna de conocer buenos narradores y excelentes periodistas. Las crónicas de Patricia Nieto, de Juan José Hoyos, de Ricardo Aricapa, de Germán Castro Caicedo. Sus escritos tienen un color y una fuerza tremendos, impactan, muestran: dibujan a punta de letras cuadros panorámicos de las realidades que les interesan.

Por mi parte me siento muy atraído por el periodismo narrativo, ceder a la tentación de una crónica, al placer veleidoso de un reportaje. Jugar con el lenguaje, descubrir formas creativas de narrar, de conjugar verbos, sustantivos y adjetivos en un coctel literario-informativo que embriague al lector sin que éste se de cuenta.

Las temáticas de lo narrativo son tan variadas como los estilos para narrar, aunque en Colombia tenemos una deuda grande con los desamparados y -per se- el grueso del periodismo narrativo trata temas como la pobreza y el desplazamiento, la violencia y la sociedad oculta. No es de extrañar, y por supuesto no es reprochable: hace parte esta tendencia del compromiso social, de hacer visible eso que no existiría de otro modo.

Ahora, es precisamente la tendencia a esos temas la que me ha tenido dando vueltas desde el miércoles pasado. No por los temas en sí mismos, sino por el público hacia el cual van dirigidos los productos finales, ya crónica, ya reportaje.

Para acercarse a una crónica de Juan José Hoyos, para acercarse a un reportaje de Alfredo Molano, hace falta cierto grado de educación. No sólo el básico leer, sino uno más alto de interpretación y de metalectura, un vocabulario amplio que sea capaz de entender cabalmente las descripciones de los colores aureos o la metáfora de la noche en complicidad silenciosa.

A lo que voy: si bien muchas veces hemos usado a la sociedad marginada como personaje, muy pocas veces hemos pensado en la sociedad marginada como público objetivo del resultado final.

Él es Robinson Posada Vargas, cuentero de Medellín, mejor conocido como El Parcero del Popular #8:



Si alguna narrativa deberá rescatarse en Medellín será la suya. Si alguien ha podido narrar nuestros barrios es él, así, desde el cuento, desde el humor, contando el día a día, la muerte a muerte. Lo más importante de todo es que sus cuentos, desde el parlache, desde la estructura misma de cada narración, están pensados para sus personajes. Narra sobre y para ellos.

Eso es lo que quiero lograr en mi periodismo narrativo, una depuración del lenguaje y las formas, un giro de no sé cuantos grados que elimine las metáforas poéticas importadas, que rompa con el esquema de narración heredado de nuestros próceres antioqueños (pienso en Barba Jacob al escribir esto). El surgimiento de una crónica ignorante, de una lectura fácilmente digerible, quizás carente de adornos lingüísticos o al menos que use los adornos propios de sus mismos personajes (que ahora, además de personajes serán público).

Una crónica impresa para que pueda circular en lugares donde no hay acceso al internet, pero que tenga las características formales de la escritura digital (la brevedad, la claridad, la ausencia de juegos literarios). Escribir periodismo del modo como Robinson Posada cuenta sus cuentos.

Me gusta complicarme la vida, he pasado tanto tiempo entrenándome para lograr la creación de nuevas paradojas, de nuevas jugarretas sutiles, de nuevas metáforas que permitan hablar de un cementerio sin mencionar el mármol o el silencio. Y ahora mis diatribas me resuelven en otra dirección, en la sencillez, en lo simple, en el mínimo número de palabras y en la palabra más precisa posible. No por facilidad para el escritor, sino para complicidad con el lector, con ese lector ineducado, por ese lector que no es lector.

Ando más enredado que un costal de anzuelos. No diré que estas divagaciones me han quitado el sueño, pero sí me han tenido cavilando un buen rato, mucho rato, si he de ser honesto. Lo mejor de todo es que aún no tengo nada muy claro.

Tocará acudir al “ensayo y error”, después de todo así escogí carrera, y hasta ahora este otro ensayo de hacer periodismo ha ido bastante bien. Ya veremos, los mantendré informados.

Y para esta confusión, Metallica, “Nothing Else Matters”:

¿Pesadilla?

Soñé que peleaba con Claudia Gurisatti. Así como lo oyen. Estaba sentado en el comedor de mi casa cuando empezó el noticiero de RCN, y ella a presentar, llenando la pantalla con su rubia presencia. Caminé hacia la pantalla e ingresé al televisor como la niña del aro (efectos de haber descubierto el 3-D ayer noche, supongo).

Me encontré, luego de pasar la barrera televisiva, en las instalaciones de RCN, con doña Claudia Gurisatti sentada frente a mí en su mesita de presentadora. Esperé a que salieran a cortes comerciales -tampoco iba a ser mal educado, en mi casa me han enseñado a esperar- y paso a paso me acerqué a confrontar a esa mujer que te hace exclamar en cada emisión “¡Periodista, vuélvete bachiller!”.

La pelea fue verbal -en mi casa también me enseñaron que a las mujeres no se les pega “ni con el pétalo de una rosa”-, el resultado: la promesa amenazante por parte de doña Claudia Gurisatti de que nunca jamás trabajaría para RCN, NTN, o Caracol; y la condena por parte de la presidencia de la república (así, en minúsculas) a pasar una temporada en el “Campamento de Regulación de Conducta” (CRC).

Llegué al campamento en bus, era una finquita lo más de bonita en Llanogrande, así por el estilo de esas en las que el Cartel de Medellín entrenaba a sus sicarios. En la entrada nos recibió -a mí y a otros tantos compañeros de bus, entre homosexuales, capuchos, estudiantes del INEM, y una que otra puta- un letrero en letras grandes que decía: “Llegás como paria, saldrás convertido en un VERDADERO COLOMBIANO” (Mayúsculas originales del sueño).

Era un bonito lugar el campamento, muy paisa. Desayuno a la hora con arepa y café con leche, y cursos intensivos que explicaban porque eramos algunos tan afortunados de nacer en Antioquia. Himno nacional cada hora, intercalando cada tres con “la libertad que perfuma las montañas de mi tierra”. También tenía horas de descanso, para aprender a montar a caballo, y en las noches “un buen antioqueño toma Aguardiente Antioqueño”.

No se estaba tan mal en el campamento. Hasta que una noche Hollman Morris organizó una fuga (sí, estaba Morris, y también Piedad Córdoba, y Fernando Vallejo, y otra cantidad de lagañas que ha dado Colombia y de las cuales se arrepiente porque le salieron ingratos y negros como las peores ovejas) y entre el estruendo de botellas que se rompen y crepitar de fuego libertario huimos en manada.

Ahí desperté...

Es completamente real el sueño. Eso lo hace aún más mágico... En fin, pelee con Claudia Gurisatti y sobreviví para contarlo.

Ando oyendo a la que es posiblemente la agrupación más arrolladora de la historia, seguro de haber nacido en Colombia también los habrían metido al CRC. Y seguramente hubieran huido con los que huimos esa noche de incendio, y cantado en el camino “Another one bites the dust”:

viernes 20 de noviembre de 2009

Rockola: "The blower's daugther"

Damien Rice. "I can't take my eyes off you!".

Enjoy:


jueves 19 de noviembre de 2009

Habrá una vez

Discurso preparado para la ceremonia de premiación del concurso de cuento "Habrá una vez" del colegio Calasanz, en el que me desempeñé como jurado.

"Uno se mete a escribir porque lo dejaron solo y de algún modo tiene que huir de los fantasmas, porque una tarde de abril o de mayo o de junio vio como se esculpía una mujer diminuta en el dentífrico antes de lavarse los dientes, porque en este país escriben expresidentes y exsecuestrados y entonces por qué uno no, porque tiene como pasatiempo buscar formas en las nubes, porque alguna vez oyó en alguna parte que los escritores eran interesantes, porque cuando intentó boxear o bailar descubrió que no tenía la coordinación necesaria.

Uno se mete a escribir por miedo, por rabia, por obligación, y -a veces- hasta por gusto. Porque siente un nudo en la garganta y quiere deshacerlo en letras, porque la niña que le gusta dijo que le encantaba la poesía, porque esa niña es en realidad un niño y todavía usted no sabe como decirle a sus papás que es homosexual. Porque el profesor de cálculo anda jodiendo la vida con las inecuaciones y se niega a comprender que X es igual a la locura o a un perro.

Uno se mete a escribir porque sufre de insomnio y necesita una actividad para entretenerse en las noches que desgaste menos que la masturbación, porque descubre que escribir es mejor que masturbarse aunque canse más. Porque luego de terminar un cuento lo lee y no recuerda cuando fue que escribió tal o cual cosa, porque a veces no hay mejor confesor que un personaje dócil, porque a veces no hay mejor verdugo que un personaje rebelde.

Uno se mete a escribir porque tiene que decir la verdad a punta de mentiras, porque RCN dijo que los narcoterroristas de las FARC están eliminados, que el loco de Chávez lleva todas las de perder en una hipotética guerra, que las ONG hacen parte del bloque intelectual de la guerrilla, que la cosa política se mueve... y a vos, en el fondo, te importa un pepino lo que diga RCN.

Uno se mete a escribir porque lo tiene mamado la hipocresía de la iglesia católica y espera hacer un manifiesto similar al de los nadaistas para reiterarle a la Santa Madre de una buena vez que EL DIABLO NO EXISTE. Uno se mete a escribir porque quiere liberar demonios, desatarse en un placer tan íntimo, jugar a ser dios.

Uno se mete a escribir porque no entiende muy bien como es eso de que el colegio ahora está certificado en Piedad por el ISO. Uno se mete a escribir porque si no lo hace, el resto -las matemáticas, la geografía, la economía, la filosofía, la historia, la estadística, la física, la química, el sexo- no tendría mucho sentido.

Escribir es disparar contra el olvido. Con cada palabra se levantan los cimientos de un mundo, promesa de lo eterno, paraíso a nuestra medida. Cada cuento es para el lector un golpe en el estómago, una sonrisa en el rostro, una carcajada a las puertas de la boca, una lágrima solitaria que resbala. Pero para el escritor, para el escritor cada cuento es sangre y llanto, risa y pena, la dosis mínima de locura que no podrá vetar ningún proyecto de ley, el pedazo -a veces diminuto y por pequeño más valioso- en el que la libertad es un exceso permitido.

Y es que luego de superar la primera timidez con el papel, luego de ese acercamiento de amantes vírgenes que ocurre cada vez que se juntan dos silencios -el del escritor y el de la hoja en blanco-, luego de que los dedos empiezan a moverse y la fantasía teje en la imaginación una serie de casualidades, ahí, cuando quién escribe se entrega al cuento del mismo modo que si se entregara al amor, ahí ocurre.

¿Qué? Algo, no podría decirlo con certeza, algo ocurre cuando la creación extiende sus redes bajo los pies del creador, ese proceso de despersonalizarse, ese dejar de ser para convertirse en hacedor de seres, ese parir cristianamente con dolor o paganamente con gozo. Ahí algo ocurre, lo sabemos todos los que hemos perdido el control de un cuento, los que durante ese tiempo -largo o breve- que demora la escritura olvidamos nuestro nombre, nuestra edad, nuestro sexo, nuestra identidad cotidiana que se aleja tanto de la cotidianidad nueva, ajena, quizás descabellada, que se dibuja poco a poco, paso a paso, letra a letra, sobre la hoja.

En un mundo donde la guerra de Afganistan se cobra a diario al menos un muerto, donde el presidente de Corea del Norte necesita de ojivas nucleares para hacer valer su soberanía, donde América Latina fue condenada desde la caída del muro de Berlín a no escribir la historia, sino a padecerla. En un país donde se invierte en la guerra el seis por ciento del producto interno bruto y la educación -que es un derecho- se olvida olímpicamente, donde las cifras de desnutrición infantil se disparan cada trimestre, donde mata una mata en un caso macondiano de vegetación asesina. En una ciudad donde durante el mes de octubre hubo más de doscientos homicidios, donde las barreras sociales van desde toques de queda hasta mallas verdes para no ver el exterior, donde las flores sirven para adornar cementerios. En este escenario global, en este escenario local, se hacen más que nunca necesarios los cuentos, para poder creer que existe otra realidad posible.

Habrá una vez en que nada haya para ser dicho, en que el silencio se imponga no por censura sino por aburrimiento, en que la tranquilidad sosa remplace la duda arriesgada, en que todo ande tan bien, tan sobre ruedas, tan perfecto y con final feliz. Quizás en ese instante cesarían los deseos de escribir, pero aquí y ahora hay una vez, una y solo una, ésta y solo ésta.

Aquí y ahora se levantaran las letras para jurar planetas misteriosos, para rememorar el tacto del amigo y la piel de la amante, para jugar con los recuerdos en las fotos, para romperse en el boom de una batería y arrancar aplausos entre malabares y muertes. Aquí y ahora las palabras abrirán el portón a un pueblo de miedo, narrarán los sueños de un nombre compuesto, se figurarán parte de un libro y resolverán un final como un principio para continuar con la serpiente que se muerde la cola. Aquí y ahora hay una vez por cada cuento, y en cada cuento una esperanza avariciosa: que vengan más de donde vino ese.

Así las cosas, escribir es arriesgarse al sueño. Sí, es bien cierto que un cuento no va a cambiar el mundo, pero contarlo... contarlo va a evitar que el mundo nos cambie a nosotros."

Y lo que oía mientras escribía, "hasta siempre comandante":


martes 17 de noviembre de 2009

En el nombre del Arte

Aclararé algo antes de comenzar: creo en el arte por el arte, la belleza por la belleza, la fuerza por la fuerza.

Una vez hecha esa salvedad haré otra más: creo también en el arte con compromisos, con sentido político y social.

Hago ambas aclaraciones porque me he encontrado en mi corta hisdownloadtoria -que no va siendo tan corta si lo pienso bien- con posiciones que niegan alguna de las posibilidades, desde los seguidores de Wilde que insisten en que el arte para ser arte debe ser inútil, hasta esa otra corriente en la que el arte no lo es sino en la medida en que aporte a la causa.

En resumen: considero tan artista a Frida Kahlo como a Diego Rivera, sin importar que la una pintara autorretratos desnuda y el otro perfiles de Lenin en el Wall Trade Center.

El arte me parece la única salida existente, a través del arte se puede conseguir el cambio que tanto necesitamos. A él le apuesto, en todas sus presentaciones, desde la exposición de pinturas hechas por desmovilizados expuesta esta semana en Bogotá, hasta la muy similar hecha por niños víctimas del conflicto en el Museo de Antioquia.

Es cierto que el mundo no va a cambiar por una obra de teatro, ni la situación va a dar un giro de ciento ochenta grados gracias a un cuento a una pintura. Pero por alguna parte hay que empezar, y cambiar el fusil por el pincel, el campo de batalla por las tablas, me parece un excelente punto de comienzo.

Ya dije que creo en el arte por el arte, el problema es que no toda producción artesanal puede entrar en esta categoría. No considero arte -por poner un ejemplo cualquiera- la música de Carlos Vives, ni las pinturas de muchos estudiantes de plásticas en la Universidad de Antioquia.

También dije que creo en el arte con compromisos, el problema es que no todo compromiso queda bien cuando se traduce a la artesanía. No considero arte -por poner otro ejemplo cualquiera- la música de Juanes, por mucho que diga “is time to change” y que sea nominado al nobel de la paz. Sí, está bien -¡muy bien!- lo que hace con la fundación para las víctimas de minas personales, y la “paz sin fronteras” es algo necesario... pero como cantante le falta.

Hay, por supuesto, “arte por el arte” que respeto y valoro, como las canciones de El Cuarteto de Nos, y obviamente “arte con compromiso” que tengo en igual estima, como Calle 13 -por mucho que le choque a mi padre- o Aterciopelados (“Errante Diamante”).

Un ejemplo de ese “arte con compromiso” es el sindicato de Artistas Contra el Silencio (ARCOS) de Puerto Rico. Cantantes la mayoría, y otros tantos pertenecientes a otras disciplinas, participando activamente en los procesos de su país, diciéndole al mundo que en Puerto Rico no todo está tan bien como lo pintan, diciéndole a Puerto Rico que “en la unión está la fuerza” y que sólo juntos pueden salir adelante.

Lanzaron esta canción hace poco, quería compartirla. Buena letra, buen ritmo, buenas rimas hip-hop al final. Ahí está, en el nombre del arte, “Sobran las razones”:


Get your own playlist at snapdrive.net!


Quien quiera descargar la canción y saber más sobre el proyecto, que de click en la imagen y visite la página oficial del movimiento.


Y bueno, ando oyendo a Placebo, una banda británica que combina escasamente con la salsa de Puerto Rico... pero bueno, que le vamos a hacer, ese era el trato: escribo oyendo música y la cuelgo al final. Ahí les dejo, “Haemoglobin”:



¡Alegría!

viernes 13 de noviembre de 2009

Rockola: "Bravo"

Nacho Vegas sabe decidir con quien compartir las tablas. Aquí, con Bunbury, les dejo esta canción despechada, adolorida, honesta -quizás-... "Bravo, permiteme aplaudir por tu forma de herir mis sentimientos...":


jueves 12 de noviembre de 2009

Sur-Oeste Antioqueño

La finca de Andes nunca quedó en Andes, uno decía el nombre del pueblo porque era lo más cercano, lo más cercano conocido, al menos. Quedaba en realidad en Valle Umbría, llegando a Buenos Aires (ambos corregimientos, café, tierra mojada y zumbido de zancudos del tamaño de un Black Hawk).

Recordar la finca es recordar un camino con tres quebradas y cuarenta minutos a pie, o quince en caballo. Es recordar puentes de guadua hechos como al descuido, como si los árboles se hubieran derribado así, sobre el vacío, uno al lado del otro, abrazándose con alambre de púa. Es recordar amaneceres con niebla y noches de estrellas en todo el cielo.

Los cafetales, el grano maduro y rojo con el ombligo agarrado a la rama. El piso que nunca estaba seco, siempre mojado por el rocío, o por la lluvia, o por el frío. Los naranjos, los guayabos en flor, la madurez no recogida que se podría en olores vegetales sobre el suelo. El canto de los pájaros que jugaban al escondite con los ojos que los buscaban.

Los perros ladraban cada nueva división del terreno, en cada casa reposan dos o tres cazadores flacos, con las orejas atentas al ruido de los caminantes y el ladrido siempre atento para despertar a sus dueños de la siesta.

“Villa Consuelo” se llamaba la finca de Andes -que no quedaba en Andes, sino en Valle Umbría, pero da igual-, en honor a mi abuela. La finca era de ella, herencia familiar, de una de esas familias campesinas antioqueñas que tuvieron terrenos inmensos al mando de un padre entendido en negocios, una de esas familias que perdió fortuna y nombre con la muerte del patriarca. Sí, una de esas familias que tanto han caricaturizado los costumbristas.

El trayecto, cuatro horas... creo que eran cuatro horas, de eso hace tanto. Parada obligada en Bolombolo, jugo de mandarina o de naranja, siempre cítrico, para el asma del niño. Niño que iría a pie hasta la finca porque le había cogido miedo a los caballos desde una vez que una silla mal amarrada lo tumbó mientras iba compartiendo asiento con la mamá.

En la finca aprendí a montar, a ensillar. También aprendí las historias de terror, el espanto del que eran capaces los mayordomos y sus hijos, esos cuentos de aparecidos que sólo podían ser posibles en un lugar donde era posible ver las estrellas, ver lo mítico de un cielo sin polución.

Recuerdo cuando la finca empezó a volverse floral. La carreta fuera de uso en la que mi abuela tenía plantadas flores de colores a la entrada de la casa, las plantas que había que cortar en menguante para que dieran mayores frutos la siguiente temporada. Las gallinitas cubanas, chiquitas, de adorno, una parejita para cada nieto.

Luego la isquemia de mi abuelo, derrame y ni modo arriesgarse a que en esa soledad le volviera a pasar. Luego la vacuna que había que pagarle a esos uniformados, que la gente decía que guerrilla, pero vaya uno a saber.

Supongo que ahora disfrutaría más de la finca de Andes, la sencillez me atrae más en esta adolescencia tardía o mejor, en esta vejez prematura (que vaya usted a saber si no son la misma cosa).

Buenos recuerdos. Los olores, los colores; los cafetales, las historias, las noches estrelladas y los amaneceres nublados de seis de la mañana, el canto de un gallo que trasnocha, el trote de un caballo en el potrero, el ladrido de los perros, el rumor de la cañada.

Tengo herencia campesina, por eso me gusta escuchar historias, con esa ingenuidad de quien considera mágicas las palabras: creadoras de mundos.

Andes... espero volver algún día pronto.

Estoy escuchando a Michael Jackson, ahí les dejo. Disfruten:

"Nuevo caso de intolerancia"

Lo mató porque le tiró harina y agua, así de sencillo, productos de panadería a cambio de balas, muy colombiano el asunto.

La noticia la pasaron por RCN (sí, veo RCN cuando almuerzo en la casa): un motociclista disparó contra un grupo de jóvenes luego de que estos bloquearan la calle para pedir dinero y le tiraran harina en una práctica muy carnavalesca.

El resultado: un joven muerto, otro herido y la prohibición de la práctica de cerrar las calles para pedir dinero.

El caso fue presentado durante los titulares como “nuevo caso de intolerancia”.

A veces me pongo a pensar que los colombianos llevamos la violencia metida en los huesos, ¿quién podría culparnos? Un país que ha estado desde su creación en una serie de guerras civiles donde todo se vale, un país que tiene más desaparecidos que las dictaduras sudamericanas, un país donde todo debe tener su polo opuesto -su enemigo declarado-.

Un amigo dijo -refiriéndose a la soberanía del Estado- que la legitimidad se obtenía derramando sangre. El problema es que en Colombia hemos derramado de todas las sangres, cada quien ha puesto su gotica de solidaridad, y esto sigue sin arreglo.

La intolerancia es grave. Pero es más grave la tolerancia: a la pobreza, a la violencia, a los abusos de poder, al “actual estado de las cosas”. Nos hemos acostumbrado tanto a estar enfermos que todos los síntomas de nuestra enfermedad nos parecen elementos naturales de una salud inexistente.

Bonita manera de soñar los cuentos que ya no somos capaces de crear, bonita manera de decir “todo está bien” cuando todo está mal.

Y vos, ¿matarías a alguien que te tira harina en los ojos? Mejor aún, ¿vos matarías?

Yo sí, por unas pocas razones. También soy eso, también soy este país y esta ciudad. Cuando tenía dos años Medellín alcanzó cifras record en el número de homicidios. Yo también mataría, no mentiré, no negaré.

Espero que algún día alguien responda que no.

Ando oyendo a Sabina, tiene una frase genial en esta canción, dice “tuve dos mujeres pero quise más a la que más me quiso”. Ahí les dejo:



¡Alegría!

miércoles 11 de noviembre de 2009

Biblioteca: "Ema, la cautiva"
(César Aira, en general)

Ayer en la tarde terminé la lectura de “Ema, la cautiva” del escritor César Aira. Con esa van cuatro novelas que devoro del argentino y por razones que no soy capaz de especificar su narrativa se ha convertido en una de mis preferidas. Tanto así que si alguien tiene noticia de otra de las obras en alguna librería de Medellín, le agradezco el dato.

En las narraciones de Aira aparecen las situaciones más inverosímiles como parte del paisaje. Lo extraordinario ocurre de un modo tan ordinario que uno lo lee sin sobresaltos, envuelto como se encuentra en esa atmósfera donde todo es posible precisamente porque nada indica que pueda ocurrir algo fuera de lo común.

Esa realidad irreal que logra construir Aira... me deja atontado durante horas luego de terminar sus libros, y es que sus finales son otro acontecimiento sin relevancia. Termina sus novelas como si nada estuviera pasando, uno puede cerrar el libro e ir a almorzar y luego lavarse los dientes sin sentir el golpe en el estómago.

¿Cómo puede gustarle a uno un autor que no le quita el aliento, que no te deja en shock al leer el final de uno de sus libros?

Eso es lo que más me sorprende de Aira. Entro a sus libros como cuando me acuesto a dormir, luego los termino y despierto y en el fondo recuerdo pocos detalles de la lectura. Como esos días en que uno abre los ojos y quiere volver a cerrarlos porque estaba teniendo un sueño genial, del que no recuerda nada pero sabe que fue genial...

Hay dos posibilidades con César Aira: o es un genio, o es un tonto. Yo me inclino por las dos, del mismo modo y en sentido contrario. Gracias.

Y mientras escribía escuchaba:



¡Alegría!

martes 10 de noviembre de 2009

Lugares Visitados

Para Ana María Rodríguez Sierra...


*

Un país donde hace tiempo, por decreto real, está prohibida la sopa.

**

Una casa de peluches en la que un perrito esponjado te persigue ladrando frases igualmente esponjadas.

***

Un concierto en el cual todos los artistas que se presenten puedan ser siempre él/la favorito/a.

****

Un estudio donde se permite pintar usando las manos, los pies, e incluso pinceles.

*****

Una cabaña junto al mar con un número ilimitado de habitaciones, para familiares y amigos.

******

Una plantación platanera en la que se puedan arrancar plátanos maduros sin permiso, para luego fritarlos.

*******

Una piscina en el cielo, colgada entre las estrellas, flotando.

sábado 7 de noviembre de 2009

Recomendaciones

La mejor recomendación que he recibido a la hora de vivir y ejercer el periodismo la leí por primera vez en un cuento de Edgar Allan Poe: “No creas nada de lo que oigas y sólo la mitad de lo que veas”.

Poe vivía en el terror; sabía que el mundo está hecho de sombras, espectros, sueños en vigilia, encrucijadas; que no se trata de un blanco y negro con siluetas bien delineadas, sino de un degradado de grises donde los bordes son imposibles de definir.

Por eso sólo en los propios ojos se confía, y no del todo pues también ellos pueden ver mal, equivocarse, perderse en contemplaciones erradas, en fantasmas privados que se somatizan sobre el lienzo de la realidad -¿irrealidad?- colectiva. Por eso siento que debo estar presente para comprobar; visito los lugares que me narran, regreso a Three Waters para ver que la historia sí tenga sentido.

Por eso siempre que en la Universidad se arma tropel estoy entre los estudiantes de adelante, aguantando los gases con los ojos bien abiertos, mirando atentamente todo ese teatro de grises, matizado, imposible de comprender de inmediato, con aristas inesperadas. Nunca tiraré una piedra. No participo: soy un voyeur, mi función está en mirar.

La segunda gran recomendación que he recibido a la hora de vivir y -¿por qué no?- estudiar periodismo la leí por primera vez en un cuento de Horacio Quiroga: “no vuelvas tu cabeza al dar un beso, ni vendas al postrero el ideal de tu joven vida. Pues si la prolongas a su costa, comprenderás muy tarde que el supremo canto, el divino color, la sangrienta justicia, sólo valieron mientras tuviste corazón para morir por ellos”.

Ayer Jaime Bayly -que está redefiniendo mi concepto de “idiota ilustrado”- dijo que la juventud es una enfermedad que se cura con la edad, se refería a René Pérez (Calle 13) y a su actitud “guerrillera” y a sus letras “incendiarias” (Valga abrir este paréntesis para comentar que luego se desarmó en elogios para Shakira y su sencillo “Loba”... ¿comprenden lo de “idiota ilustrado” ahora?).

Esa juventud como enfermedad es a la que se refiere Quiroga, si es cierto que se cura con la edad prefiero que me mate, que mi epitafio sea

“Aquí descansa Lucas Vargas y Sierra. Narrador y coleccionista de anécdotas. Murió de juventud”.

La madurez está sobrevalorada, ese ostracismo de ver todo con el filtro de la resignación cansada que llega con el primer cheque del trabajo, de no escuchar ya el “supremo canto”, de no poder ver el “divino color”, de olvidar por las ocupaciones la “sangrienta justicia”.

Soy joven, todavía tengo corazón para morir por muchas cosas (“Por la vida hasta la vida misma”), espero luchar por ellas y hacerme viejo de ese modo, luchando, sin que la edad me cure el idealismo, sin que la realidad me mate los sueños, sin que la vejez me convenza de que no eran gigantes los molinos de viento.

La tercera recomendación que he recibido a la hora de andar andando y -de nuevo, ¿por qué no?- de andar escribiendo la leí por primera vez en el dorso de una boleta del Matacandelas, y es de Fernando González: “Venga toda la juventud, toda la niñez, todo lo que es porvenir, a la oposición, porque nos han engañado y van a decir que no dejamos huella en la bendita tierra que habitamos”.

El Brujo de Otraparte se opuso. A la hipocresía católica que crecía en las familias godas de la sociedad colombiana y en especial la antioqueña. Al afán industrial que menospreciaba la vida campesina. A la vida cosmopolita que olvidaba los valores de la sencillez y la austeridad. A la ceguera intelectual que sólo permitía la lectura de escritores conservadores. Al machismo paisa que convertía las infidelidades en pan de cada día.

Oponiéndose murió, sin ser nominado al nobel de literatura (a pesar de ser sugerida su nominación por Sartre) debido a la negativa de la curia colombiana. Murió viejo, pero definitivamente a causa de un ataque de juventud.

“[...] todo lo que es porvenir, a la oposición [...]”

El porvenir -según González, y con él yo- se encuentra en la oposición. El día de mañana lo marcan los que no están de acuerdo con el día de hoy. No diré más, está -espero- suficientemente claro.

La última recomendación (son más, pero esto está muy largo ya) para la vida y -aquí sí al cien por ciento- para el periodismo la leí por primera vez en un escrito de Fernando Pessoa: “Antiguos navegantes tenían una frase gloriosa: 'Navegar es necesario, vivir no es necesario'. Quiero para mí el espíritu de la frase, adaptada su forma a lo que soy: 'Vivir no es necesario: lo necesario es crear'”.

Por eso escribo trescientas palabras diarias. Vivo para escribir, o escribo para vivir. Aún no sé bien en que orden va la cosa, pero algo es seguro, no podría hacer lo uno sin lo otro.

¡Alegría!

¡Ah!, y aquí les dejo lo que ando oyendo:



(Post Scriptum: Escribir oyendo música tiende a dispersar la concentración, pero creo que ya lo voy dominando. Me comentan si el escrito está muy incoherente. Supongo que al menos de ejercicio mental sirve eso de hacer dos cosas al tiempo. Ya veremos)

viernes 6 de noviembre de 2009

Rockola: "El lado oscuro"

"Yo nací en la cara mala, llevo la marca del lado oscuro".

Ganador Jarabe de Palo. Ahí les dejo.



¡Alegría!

6
13
2002

Otoño
(24 de febrero)

Pasos en la noche, la noche está llena de ruidos de pasos, de ruidos a secas, el rumor de las telas al frotarse entre ellas, el silencio de los cuerpos que se mueven lentamente, para no ser vistos, para no ser oídos.

Ruidos en la noche, son raros los ruidos en estas noches tan plagadas de silencio, tan acostumbradas a callar, a dormir despiertas. Ahora todo se escucha, incluso las hojas que se desprenden de los árboles y recorren flotando los centímetros que las separan del suelo.

Hojas sin voluntad mecidas por el viento, vegetales que crujen al golpear el suelo... como muertos.

Contrafuego
(29 de febrero)

Fueron cinco, los primeros cinco, los únicos cinco. Fueron seiscientos, los primeros seiscientos, los únicos seiscientos. Fueron armas. Fueron equipos de comunicaciones. Fueron municiones.

Fue el comienzo.

Mariscal
(21 de mayo)

Doce horas y media. Entraron para detener ladrones, asesinos, violadores. Al entrar robaron. Al entrar mataron. Al entrar violaron. Entraron persiguiendo a quienes ya tenían detenidos. Entraron persiguiendo a quienes se habían marchado hace mucho. Entraron persiguiendo muertos...

Y lo sabían.

Potestad
(15 de junio)

Los unos llevan el escudo en el hombro derecho. Los otros una marca roja en el brazo izquierdo. Todos son oscuros. Verde oscuro. Gris oscuro. Café oscuro. Todos se hacen invisibles: contra los muros, contra las calles, contra los árboles, contra la tierra.

Así se siente: entre tanto uniformado, estar de civil es andar desnudo. Sin ropa. Sin protección. Indefenso.

Antorcha
(20 de agosto)

Para prevenir. Para asegurar la seguridad. Para no amargar la fiesta. El sol aún no salía. Hay que ver el lado amable: al menos no harán falta flores.

Flores para sanar lo que la prevención no previó.

Flores para alegrar a quienes la seguridad hace sentir cada vez más inseguros.

Orión
(16 de octubre)

Hijo de Zeus, Poseidón y Hermes. Compañero de caza de Artemisa y Leto. Prometió aniquilar a todos los animales sobre la tierra -¡y casi lo consigue!-. Gea lo condena a muerte.

Ahora es la constelación más brillante del cielo. A sus estrellas vuelan las almas de los muertos.

Al menos nunca estará solo. Nosotros le haremos compañía. Pronto.

[En el año 2002 se realizaron seis operativos militares en la Comuna 13 de Medellín. El saldo de muertos no se acerca a la cantidad de denuncias por violación a los Derechos Humanos recibidas luego por ONGs y la Unidad de Atención Permanente.

Dicen que los Derechos Humanos son un privilegio de los países sin guerra. Dicen que en la guerra y en el amor todo se vale. Quizás en el amor. Pero en la guerra, en la guerra no se vale todo.

Siete años. La violencia continúa -lo hace desde hace cientos-. Pero no olvidamos. Nos resistimos a olvidar... aunque no sirva de nada]

¡Libertad, igualdad, fraternidad!

¡Libertad, igualdad, fraternidad!
Cuidando a Jean-Paul Marat. Asegurando el triunfo de la Revolución Francesa

Los Días de las Mariposas

Los Días de las Mariposas
Fueron hermosas, todas las horas, todas las cosas. Fueron los días de las mariposas. [Fotógrafa: Laura Rojas Escobar]

San Pedro

San Pedro
Caballo viejo y cansado (a la derecha de la foto)
[Fotografa: Maria Clara Calle]

Araña Dragon

Araña Dragon
Atrapado entre redes de seres mitológicos

Caricaturizados

Caricaturizados
Laura y Lucas en la Feria del Libro