Aquí en Medellín tenemos la fortuna de conocer buenos narradores y excelentes periodistas. Las crónicas de Patricia Nieto, de Juan José Hoyos, de Ricardo Aricapa, de Germán Castro Caicedo. Sus escritos tienen un color y una fuerza tremendos, impactan, muestran: dibujan a punta de letras cuadros panorámicos de las realidades que les interesan.
Por mi parte me siento muy atraído por el periodismo narrativo, ceder a la tentación de una crónica, al placer veleidoso de un reportaje. Jugar con el lenguaje, descubrir formas creativas de narrar, de conjugar verbos, sustantivos y adjetivos en un coctel literario-informativo que embriague al lector sin que éste se de cuenta.
Las temáticas de lo narrativo son tan variadas como los estilos para narrar, aunque en Colombia tenemos una deuda grande con los desamparados y -per se- el grueso del periodismo narrativo trata temas como la pobreza y el desplazamiento, la violencia y la sociedad oculta. No es de extrañar, y por supuesto no es reprochable: hace parte esta tendencia del compromiso social, de hacer visible eso que no existiría de otro modo.
Ahora, es precisamente la tendencia a esos temas la que me ha tenido dando vueltas desde el miércoles pasado. No por los temas en sí mismos, sino por el público hacia el cual van dirigidos los productos finales, ya crónica, ya reportaje.
Para acercarse a una crónica de Juan José Hoyos, para acercarse a un reportaje de Alfredo Molano, hace falta cierto grado de educación. No sólo el básico leer, sino uno más alto de interpretación y de metalectura, un vocabulario amplio que sea capaz de entender cabalmente las descripciones de los colores aureos o la metáfora de la noche en complicidad silenciosa.
A lo que voy: si bien muchas veces hemos usado a la sociedad marginada como personaje, muy pocas veces hemos pensado en la sociedad marginada como público objetivo del resultado final.
Él es Robinson Posada Vargas, cuentero de Medellín, mejor conocido como El Parcero del Popular #8:
Eso es lo que quiero lograr en mi periodismo narrativo, una depuración del lenguaje y las formas, un giro de no sé cuantos grados que elimine las metáforas poéticas importadas, que rompa con el esquema de narración heredado de nuestros próceres antioqueños (pienso en Barba Jacob al escribir esto). El surgimiento de una crónica ignorante, de una lectura fácilmente digerible, quizás carente de adornos lingüísticos o al menos que use los adornos propios de sus mismos personajes (que ahora, además de personajes serán público).
Una crónica impresa para que pueda circular en lugares donde no hay acceso al internet, pero que tenga las características formales de la escritura digital (la brevedad, la claridad, la ausencia de juegos literarios). Escribir periodismo del modo como Robinson Posada cuenta sus cuentos.
Me gusta complicarme la vida, he pasado tanto tiempo entrenándome para lograr la creación de nuevas paradojas, de nuevas jugarretas sutiles, de nuevas metáforas que permitan hablar de un cementerio sin mencionar el mármol o el silencio. Y ahora mis diatribas me resuelven en otra dirección, en la sencillez, en lo simple, en el mínimo número de palabras y en la palabra más precisa posible. No por facilidad para el escritor, sino para complicidad con el lector, con ese lector ineducado, por ese lector que no es lector.
Ando más enredado que un costal de anzuelos. No diré que estas divagaciones me han quitado el sueño, pero sí me han tenido cavilando un buen rato, mucho rato, si he de ser honesto. Lo mejor de todo es que aún no tengo nada muy claro.
Tocará acudir al “ensayo y error”, después de todo así escogí carrera, y hasta ahora este otro ensayo de hacer periodismo ha ido bastante bien. Ya veremos, los mantendré informados.
Y para esta confusión, Metallica, “Nothing Else Matters”:



