Pese a los disturbios, a la muerte agazapada, al hambre, a los terrores que acometen de noche sin pedir permiso alguno y que calan dentro, dentro hasta los huesos. Pese al frío del agua y a la sangre caliente de los mamíferos, al pincel arrebatado de Pierre Brassau, y las notas sordas, y tantas cosas que parecen cubrir de polillas los viejos libros. Pese al no y a las prohibiciones y al permiso de conducir vencido y a la estupidez de llamarse por un nombre, y a la doble estupidez de denominarse anónimo. Pese a todo lo que puede pesar en las espaldas, a la presión de la gravedad sobre los omoplatos, al suelo tan fijo bajo las piernas. Pese a eso abro de un tajo el aire, me cuelo por el rasguño en el cristal, respiro, me tomo el tiempo entero, parpadeo.
Y declaro que en nombre mío y en nombre de todos los mortales, medio en charla medio en broma, con humildad y total desprecio de todo lo terreno, vamos a tomarnos los territorios prohibidos de los dioses, a habitar los rincones secretos del paraíso, a fundar ciudades en las riveras de los ríos (sin importar las inundaciones y la muerte por las inundaciones y los peces violeta que flotan panza arriba en las aguas con arsénico), a no permitir que se nos diga que no es posible el transgresor acto de creer (en YVH, en la relatividad o en la cruza kafkiana).
El sueño, el juego. Hasta la victoria, siempre.
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