lunes 28 de marzo de 2011

¡Oh!... Claridad


De reconocer una bondad en la escritura de Millás será la facilidad para leerle. Posee, al igual que la mayoría de los contemporáneos desde Serrano hasta Rocangiolo, un capacidad para entregar en trescientas páginas dramas humanos cargados de reflexiones en los que desfilan los personajes, sus problemas, sus vidas secretas, sus secretos designios, todos al frente del escenario, todos dando la cara. Una literatura, si se quiere, que domina la claridad informativa, que tiende hacia el periodismo al suponer en el lector un consumidor de cultura que espera recibir la mayor cantidad de datos para poder así comprender bien la historia que se le cuenta.

La teoría de los lectores machos y hembras, que debemos a Morelli, cae agonizante en un panorama dónde todos los considerados escritores de éxito (no sólo en lengua hispana, basta ver el fenómeno editorial de Larsson y la saga Millenium) adoptan estructuras narrativas que buscan una comunicación correcta, la transmisión más acertada de un mensaje, un episodio, una fábula. Si a este renunciar formal a la experimentación literaria sumamos el culto del siglo XXI al psicoanálisis, el resultado inevitable serán culebrones saturados de monólogos internos, libros que se pueden bien leer de un sólo golpe, en una tarde, en un fin de semana, sin que la lectura genere en el lector la menor incomodidad. Lectura distractora, divertimiento del que se saldrá impoluto: aguas claras, límpidas, paraísos fiscales para el baño de los lectores hembra.

Espero no pecar de prepotencia al afirmar que la “Trilogía de la soledad” de Millás es sólo un conjunto de tres novelas limpias, claras como el agua, legibles, que no van a dejar marcas en la piel. Como Faciolince, como Mastretta, como Rocangiolo, literatura sin propuesta, escritura sin lugar a dudas. Y es de los más leídos en España, y es lo que dicen ejemplifica la época contemporánea. Juan José Millás, el reino es tuyo.

Para terminar la perorata (y abandonar el tono catedrático) agrego: la facilidad al leer no es garante de libros light, del mismo modo que la escritura críptica no garantiza una literatura arriesgada. Ejemplos de sobra son César Aira y Roberto Bolaño, ambos narradores muy capaces de llevarte por trescientas páginas en un parpadeo, sin que con esto caigan en ese monstruo terrible que es la literatura enferma de periodismo. Que hablen ellos por mí: “La parte de los críticos” en la novela 2666 del segundo, y “Una novela china” del primero.

Una escritura que sea punta de iceberg, pero de un iceberg inevitable, fatal para los barcos más firmes. Una escritura que sea arroyo claro poblado de peces de colores y pirañas. Una escritura que diga con firmeza, pero siempre menos de lo que calla. Una escritura como la vida misma, inasible, inabarcable, imposible de reducirse a adjetivos sensacionalistas (“interesante”, “profundo”, “extraño”) y a teorías del psicoanálisis.

Quizás por ahí vaya la búsqueda. En silencio, calladamente, sin figurar en los sellers ni en la sección de novedades. Y en cacería solitaria, sin filiación a escuelas o movimientos con nombres ridículamente pretenciosos.

1 comentarios:

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