Ayer ocurrió por segunda vez. En medio del sueño, en esa parte en que todavía queda algo de vigilia, sentí que alguien entraba a mi habitación, y que su mera presencia bastaba para paralizarme. No podía moverme de la cama, ni siquiera articular palabra. A la parálisis inicial le sigue un escalofrío en todo el cuerpo. La lucha es interna, llega un momento en que a fuerza de voluntad puedo levantar la espalda de la cama, superar lo insoportable de la situación y recuperar el control. El miedo, no obstante, permanece. Miedo puro, terror.
Antes de la “visita” soñaba con un enfrentamiento. Partía a la guerra, salía de mi casa armado sólo con un palo de escoba, me dirigía a la casa de mi abuela, que era el cuartel de la resistencia. El enemigo era implacable, ya había matado a muchos, quedaba yo, quedaban otros pocos. Pasando el puente que cruza la canalización -paso necesario para llegar a la casa de mi abuela- supe que iba a morir, que me dirigía a mi muerte. Pero al tiempo que tuve consciencia de ello supe también que no iba a morir, que saldría victorioso de la guerra. Luego me desperté, o me desperté a medias, y ocurrió lo que ya conté.
Leí “El llamado” de Quiroga antes de acostarme. Tal vez a ello se deba el pánico. Es un cuento realmente escalofriante. Deben leerlo. Háganlo.
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