lunes 16 de mayo de 2011

Trufas y flores

Si ser valiente es mantenerse niño en medio de la muerte, entonces no habrán mayores armas sobre el mundo que las flores y los dulces. El ideal romántico y el porvenir glicémico han de formar parte de las cartas de acción de toda persona que se precie de intentar defender su pedazo de paraíso en una realidad que insiste en clasificar los edenes bajo parámetros de prosperidad financiera y tranquilidad a futuro, resaltando una nueva etapa victoriana de la que, dios mediante y a la suerte gracias, al menos los niños -y los valientes- se niegan a asistir.

El boleto de salida, o de entrada a una sintonía diferente, puede hallarse sin mayor esfuerzo en botánica y gastronomía: sobra detenerse y arrancar una flor, basta cerrar los ojos y masticar despacio un trozo de chocolate. El efecto será inmediato y se habrá salvado de las medidas, los menjurjes bursátiles y de León de Greiff.

En esta definición de armada no sobra resaltar un catalizador importante, que convierte los beneficiosos efectos ya enumerados (de manera precaria y sin poner mayor atención a decir algo en absoluto) en estados de mayor duración y con límites más bien difusos que pueden alcanzar las fronteras de lo increíble, que las alcanzan de hecho, que las rebasan con la mayor facilidad. Intente usted regalar una flor, haga el experimento de compartir un chocolate.

Se dará cuenta de que los ejércitos enemigos caerán derrotados, que nada podrá tocarle, que todo, absolutamente todo, le será aliado en esa tarea de valiente que es seguir siendo niño, proclamarse niño y feliz y sonriente en medio de la muerte.

Buenas salenas, cronopio cronopio.

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